61 Zinemaldia | Segunda Crónica

La segunda jornada de mi paso por el festival comienza en el imponente teatro Victoria Eugenia. La propia sala anticipa que estamos a punto de ver algo grande. Los palcos se llenan, la gente aguarda e incluso los pintados componentes del maravilloso fresco del techo parecen mirar la pantalla con expectación.

Photocall de 'Like father, like son' con su director Hirokazu Koreeda


Like Father, Like Son es la última película del japonés Hirokazu Koreeda y ganadora del Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes. Con esos antecedentes es difícil mantener las expectativas bajas y cuando las luces se apagan, comienzo a ver la película con gran interés. Este interés se transforma poco a poco en empatía hacia los personajes. La empatía da paso a la emoción y, a medida que el film avanza, me doy cuenta de que el trabajo de Koreeda me está destrozando.

Like Father, Like Son es una tierna, conmovedora y, sobre todo, durísima reflexión sobre la familia y el impacto e importancia de nuestras decisiones. Una historia de promesas rotas desde el punto de vista de un torturado padre que se ve obligado a elegir entre el niño que ha criado durante seis años o su hijo biológico. La película destaca la importancia de la figura de los niños en la familia y de cómo en ocasiones la incomprensión que causan en ellos las decisiones de los adultos, es totalmente justificada. Partiendo de esta base, Koreeda trata temas tan delicados y universales como el amor, la pérdida, la frustración o la venganza con una maestría abrumadora. Su último trabajo es un festín de sentimientos encontrados, de emociones tan fuertes que pueden llegar a dejarte sin respiración.

Algo que supone una implicación tan física por parte del espectador y que deja un poso tan profundo en él, puede considerarse una obra de arte. Y es que la obra de Koreeda rebosa arte por los cuatro costados. A veces parece hecha de terciopelo y otras de piedra. Es suave pero al mismo tiempo dura. Es una auténtica joya.


Hirokazu Koreeda en la Gala Inaugural del 61 Zinemaldia


Estupenda dirección de actores (mucho ojito con los dos niños protagonistas); una cuidadísima fotografía caracterizada por jugar con una gama de colores fríos que ayudan a acrecentar ese sentimiento de tristeza predominante durante todo el film; una partitura en la que el piano toma el papel protagonista a la hora de acompañar la película, dotándola de fluidez e infinita belleza. Todos estos elementos son muy necesarios para construir los cimientos de una historia cuya complejidad emocional reside en su aparente simpleza.

Like Father, Like Son es, sencillamente, una de las mejores películas que he visto en lo que llevamos de festival. Fascinante y auténtica. Imprescindible.

Después de comer, nos dirigimos al pase de Le Week-End, film británico del que apenas sabía nada y en el que Jim Broadbent y Lindsay Duncan se ponen a las órdenes de Roger Michell, director de Notting Hill, Morning Glory y otras sosadas diversas.

Lindsay Duncan y Jim Broadbent en el photocall de 'Le Week-end'


Narra la historia de una pareja de profesores que durante su aniversario tratan de repetir su luna de miel en París con el objetivo de resucitar su matrimonio. Como vemos, nos encontramos de nuevo ante un concepto sobado y repetido hasta la saciedad en el cine actual, en el que la ciudad parece tomar el papel protagonista y el guión queda relegado a un segundo plano. Desgraciadamente esto ocurre también en Le Week-End. París brilla como nunca y tanto Broadbent como Duncan exprimen todo el jugo posible a sus personajes, pero la historia carece de interés y no posee ni el mínimo ápice de emoción.

El arranque es de lo más prometedor: parece que nos encontramos ante un híbrido entre la trilogía Antes del… y el mejor cine de Woody Allen, añadiendo además la figura de la persona mayor, recurso imprescindible para ganarse al espectador de buenas a primeras. Tras varias secuencias en las que se nos presentan las inquietudes, los miedos y las aspiraciones de los personajes, la película intenta construir una historia a su alrededor que permita al público identificarse con ellos y es ahí donde fracasa estrepitosamente. Además, el inconstante y arrítmico paso de tragedia a comedia resta credibilidad al conjunto, haciendo imposible que el público establezca cualquier tipo de conexión con la historia. Con un sentido del ritmo prácticamente nulo y tan escasa calidad narrativa, a partir de la segunda mitad, resulta soporífera y difícilmente soportable.

Los pocos puntos fuertes del film residen en la capacidad de los actores para dibujar una sonrisa en el rostro de los espectadores aún teniendo que lidiar con un guión tan flojo. Además, aunque el estereotipado acordeón que resuena por todo París está muy presente, la música es fabulosa. Por desgracia, nada de esto puede sacar a flote la que es una de las decepciones más sonadas del festival.


Hugo Silva y Mario Casas, protagonistas de 'Las Brujas de Zugarramurdi' posando frente a la valla promocional del film.

Seguidamente, y casi sin tiempo para respirar, tiene lugar en el edificio principal el primer pase de la esperada nueva película de Álex de la Iglesia: Las Brujas de Zugarramurdi.

He de decir que aunque no me considero especialmente fan de Álex de la Iglesia, su nuevo trabajo me despertaba cierta curiosidad. Aunque normalmente De la Iglesia se mueve en el terreno de lo inverosímil, nunca le habíamos visto realizar una película en que la fantasía constituyera el elemento principal.

Después de deleitarnos con unos títulos de crédito espectaculares que arrancan en la audiencia un gran aplauso, De la Iglesia nos traslada al pleno centro de Madrid donde Hugo Silva y Mario Casas están a punto de cometer el robo más disparatado de todos los tiempos. Este arranque ya hace intuir al público lo que está a punto de ver; y es que como la mayoría del cine de Álex de la Iglesia, Las Brujas de Zugarramurdi puede llegar a funcionar si no se toma en serio.

El filme se postula casi como una versión casposa, macarra y castiza del clásico de Roald Dahl, 'Las Brujas', con verdaderos golpes de humor y que llega a convencer hasta su desastroso acto final.

Carmen Maura, Premio Donostia, y Álex de La Iglesia tras la proyección de 'Las Brujas de Zugarramurdi'
Disparatada hasta límites insospechados, Las Brujas actúa sobre todo como una alocada disección de la vida en pareja, poniendo en boca de los personajes más inverosímiles las frases más usadas en una relación. En este contraste se encuentra el elemento más destacable de una película entretenida y sin muchas pretensiones. Por otra parte, la mayoría de los actores son convincentes, resaltando a Carmen Maura y Terele Pávez, que resultan muy divertidas, convenientemente exageradas y en ocasiones extremadamente siniestras.

Desafortunadamente, a la hora de resolver el conflicto planteado durante todo el metraje, De la Iglesia falla estrepitosamente apostando por el uso exacerbado de los efectos especiales frente al guión o la dirección y dejando un amargo sabor de boca en la audiencia que, desconcertada, no sabe muy bien cómo reaccionar ante tal giro de los acontecimientos.

Una vez reposada y excluyendo la desagradable sorpresa final, puedo decir que disfruté bastante de Las Brujas, de su humor facilón y sus constantes gamberradas. Es una verdadera pena que inicialmente resulte tan poco convincente como consecuencia de un final precipitado y tan poco meditado.



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